Escenas cotidianas de la fauna urbana

Es probable que muchos hayamos visto u oído hablar de encuentros incríbles con la fauna urbana. Quien más quien menos tiene un colega o conocido que nos cuenta que se cruzó con un jabalí cuando  circulaba por la ciudad, o que sin querer aplastó un animalillo atontado que no reaccionó rápido ante la montaña de hierro que representa un coche, o vió un pájaro raro volando sobre los edificios y se quedó pensando qué bicho era ese o fué atacado y perseguido por un insecto medio loco. Esto sin contar las escenas más frecuentes, como la de una paloma suicida que pasa rozándote el cogote a 100 por hora o que no se estampó en la ventana del edificio por pura suerte. La fauna urbana ofrece a menudo escenas muy variopintas, muchas de ellas realmente simpáticas y que quedan muy bien contarlas como cortinilla en una cena con los suegros.

Pero lo que quiero compartir con vosotros en esta ocasión no os recomiendo pasarlo como refrescante entre platos un domingo. No hablo de la señora que alimenta con la boca a las palomas del parque y que termina, como no, con ropa y zapatos llenos de chorreantes pegotillos blancos, eso está muy gastado. O de esos perros que se lanzan a por un tierno pajarillo en plan depredador y lo pasea delante de todos como un trofeo. Os hablo de “otra” experiencia de fauna urbana (o debería de decir salvaje).

¿Conocéis las gaviotas? Si, esos pajaros blancos con alguna que otra mancha negra-gris, grandes, abundantes en las ciudades y pueblos costeros y en los últimos años no tan costeros.  Pues eso, que al parecer tienen ciertos problemillas para encontrar peces en el mar (no será por la pesca abusiva) y frecuentan cada vez más nuestros vertederos enormes, las bolsas de basura de las calles y los chiringuitos, que siempre hay quien deja un trozo de algo que poder tragarse. Pero en los últimos dos años había visto cierto comportamiento raro en las gaviotas y ahora es cuando más de uno me dirá que soy un empanáo, que esto ya se sabía hace mucho y etc etc. Pero para mi era un descubrimiento totalmente nuevo. Resulta que alguna que otra vez había visto pasar a una paloma volando a lo desesperado, haciendo acrobacias entre el tráfico y los árboles, y pegada a su cola una o dos gaviotas.

En un principio pensé que se trataba de esa estrategia de desgaste tan usada por las gaviotas para que la perseguida soltara lo que llevaba en el pico. Documentales de fauna salvaje mostrando esta estrategia de “seguiré pegada a tu cola dándote por saco hasta que sueltes el pescado” existen a montones. Pero con el tiempo vi otras persecusiones urbanas, todas del estilo, y pensé que a pesar de las tremendas acrobacias y de ir volando a cien por hora la gaviota debía darse cuenta de que la paloma no tenía nada en el pico. Con este conflicto sin resolver en mi cabeza voy caminando un buen día y PAM!, al doblar una esquina me tropiezo con una gaviota comiendo unos poco restos emplumados y desparramados por la calle, que sin mucho esfuerzo identifiqué como restos de paloma.

Como sé que las gaviotas son las amas de la supervivencia enseguida me imaginé la escena: paloma un poco atontada vuela (o camina… a gusto) sin rumbo – coche estampa paloma – gaviota atraída por el olor a cadáver se siente afortunada y se zampa la paloma. Pensé en otras variables pero al final esa era la historia más corta que se me ocurrió… Ingenuo. A todas estas ni siquiera se me ocurrió buscar información sobre el tema, ni preguntarle al oráculo Google, nada. Hasta que descubrí por mi mismo que el sentido de las persecusiones era aún más sencillo de explicar, básicamente eliminando un paso de la anterior ecuación: paloma un poco atontada (en jerga más o menos técnica debería decirse débil, enferma o deprimida por la crisis) vuela, vaga o camina sin rumbo (a gusto) – gaviota se zampa a la paloma.

Resumiendo la historia, era una mañana fantástica de primavera de esas en las que saldrías a hechar un buen desayuno al solete de una terraza. Cuando casi al llegar al curro veo a lo lejos una persecusión de película en la que participan una paloma y, como no, una gaviota. Vuelan a toda ostia a unos diez metros de altura por encima de la calle y entre las ramas de los plataneros que custodian el paseo cercano al parque de la Ciutadella (Barcelona). Yo estaba bastante lejos y pensé “anda… otra gaviota abusona queriéndole quitar el pan a la paloma”. Me fuí aproximando al sitio de la batalla y de golpe allí estaban las estrellas de la peli, en el suelo… y como sucede en el mar el pez más grande se comía al más pequeño. Como soy muy curioso con estas cosas de la fauna y la etología, y un pelo morboso también, no pude pasar por alto esta oportunidad que me ofrecía la jungla urbana y me puse a tomar imágenes de safari con lo que tenía a mano, el movil. Viéndolo en perspectiva si alguien desayuno bien esa mañana fue la gaviota. Acá os dejo el vídeo del depredador en su medio devorando fieramente a su presa.

Imagináos esta escena de safari urbano justo al lado de la terraza donde hacemosr un cafecito. Pués parece que es más común de lo que me imaginaba. Así las cosas ahora no me extraña los recelos de mi mujer a tomar el sol en el terrado de nuestro bloque, por miedo a la leyenda urbana de que si te abandonas a tan plácido momento vienen las gaviotas asesinas y te sacan los ojos… Ni que hablar de ver pasar corriendo a una rata enorme con el chihuahua de la vecina en las fauces. Pues eso, que con un poco de paciencia no hay que viajar a las lejanas praderas africanas para hacer un buen safari que incluya acción, riesgo a la integridad y emocionantes escenas de un depredador acosando y capturando ferozmente a su presa.

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